Dilemas de la democracia directa.Clarín. lunes 10 de Octubre

Graciela Romer

Son los plebiscitos, referendum o cualquier otra modalidad de democracia directa dispositivos institucionales capaces de asegurar hoy condiciones para mejorar la calidad de nuestras cuestionadas democracias? ¿Son compatibles con el gobierno representativo?

Por los resultados uno estaría dispuesto a sospechar que no necesariamente y que en ocasiones -que no son pocas- funcionan como freno a la deliberación y a la búsqueda de consensos institucionales, estimulando un pseudo empoderamiento cívico que profundiza la grieta de la sociedad con los partidos poíticos en su rol de representación, canalización y procesamiento de las demandas y conflictos y de la sociedad.

Colombia acaba de exponer a votación popular un acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla más perdurable del continente, del mismo modo en que hace poco tiempo el Reino Unido expuso a la decisión popular su permanencia o no en la Unión Europea. En ambos casos, las iniciativas fueron derrotadas en elecciones extremadamente divididas, donde el voto parece haber canalizado tanto consideraciones relativas al tema puntual a dirimir, como consideraciones sobre la legitimidad del gobierno y vehiculizado el malhumor social.

¿Qué tendría de malo que la sociedad pueda ayudar a resolver problemas para los cuales los sistemas políticos se muestran relativamente impotentes? Una democracia de calidad exige participación, pero también requiere de un grado de deliberación autónoma de parte de los ciudadanos que es altamente improbable en el mundo contemporáneo. Exige conocimiento sobre las alternativas, sobre las consecuencias de los diferentes cursos de acción y, sobre todo, de información que no muchos líderes políticos están dispuestos a proveer. Que muchos dirigentes utilicen instrumentos de democracia directa para apalancar la legitimidad de sus gobiernos ya es un indicio de que algo está mal: tienden a utilizar la consulta al pueblo como un instrumento de marketing político.

El caso de Colombia es indicativo. Un problema complejo entre el sistema político y la guerrilla – conflicto que ha permanecido irresuelto durante más de 50 años y dejado centenas de miles de muertos – ha dejado un tendal de disconformes a uno y otro lado.

El resultado es una mala noticia independiente de la posición de cada uno sobre el tema de fondo: la baja afluencia electoral (incluso para los bajos estándares colombianos) dejan con pocos argumentos a los partidarios de “consultar al pueblo”, lo exiguo del resultado que abre una batalla por las interpretaciones y, por último, ¿qué puede proponer una elite que había dejado eso en manos de votantes pobremente involucrados en los detalles de una negociación compleja, llena de luces y sombras? Es más, ¿cómo explicar las masivas movilizaciones por el SI a los pocos días del triunfo del NO?

Una de las cosas que el traspié de los esfuerzos del sistema político colombiano trae a la luz es la inadecuación de los mecanismos de democracia directa para resolver problemas complejos.

La experiencia de Argentina posterior a la crisis del 2001 es un contra ejemplo ilustrativo: el sistema político, mediante acuerdos y negociaciones entre diferentes facciones de la elite política, produjo una solución para las que las “asambleas de vecinos” (y ellas eran muy populares para esa época) parecían impotentes.

Hay algo de malentendido en esa fe inocente en “cederle el protagonismo al pueblo”: la deliberación pública es un aspecto enteramente ausente en esos procesos, donde unas campañas más bien maniqueas (como la que enfrentó el primer ministro Cameron en el proceso que concluyó con la saluda del Reino Unido de la UE) reemplazan la necesaria educación e ilustración de los ciudadanos. Un maniqueísmo que invoca aquella célebre definición de Jean Paul Sartre: “el infierno son los otros.” Parece claro que esta lógica, con su evidente banalización de la política, tiende a empobrecer los términos del debate y por ende, de la propia democracia: la idea, más bien cándida, de que Facebook y Twitter son canales de democratización equivalentes al movimiento hacia el sufragio universal de fines del siglo XIX. Probablemente las redes sociales y las campañas pueden proveer a un líder político de mayores audiencias, pero en sí mismas no vuelven sustentable su liderazgo. Y, hasta donde podemos entenderlo, es raro que una votación por “SI” y por “NO”, parecido a dar un “like” en Facebook, sea siquiera una aproximación eficaz a esas deliberaciones y compromisos.

Graciela Romer. Socióloga. Directora de Graciela Romer y Asoc.

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