Mas allá de la intención de voto. Clarín. Domingo 23 de Julio 2017

La autora de la nota dice que Cristina Kirchner puede volver a ser un factor de “simplificación” de la competencia electoral como ocurrió en 2015.

 

Se suele escuchar habitualmente en boca de analistas, políticos y otros especialistas que eso que en el pasado llamábamos ideologías ya no son importantes. Son tiempos en que las sociedades juzgan los méritos de los gobiernos como quien juzga los méritos de un champú a la hora de decidir qué marca comprar: ¿Éste me sirve? ¿Cómo me dejó el pelo la última vez? O simplemente: No sé, pero me gusta ¿Es tan así?

En política se ha vuelto parte del discurso de un sector, visible en la oposición pero también en segmentos de la sociedad, la idea de que Cambiemos es “el gobierno de los ricos”. Esa definición resume un conjunto de creencias y conjeturas que equivalen a afirmar que el gobierno elegido en 2015, lejos de buscar el bien común, procura beneficiar intereses de un círculo más bien estrecho de ciudadanos o, siguiendo con el estereotipo, “aquellos que pertenecen al sector mas próspero de la sociedad”. Creencias y conjeturas de ese tipo están llenas de implicancias y llevan a expandir la desconfianza sobre el conjunto de las políticas de gobierno y en la propia figura presidencial. Poco importa si el gobierno exhibe datos sobre la evolución del salario real, la extensión de la cobertura de programas sociales o mejoras en los ingresos previsionales. La circulación de mensajes como “no entregan más remedios”, “el gas aumentó 10 veces”, “los pobres aumentaron exponencialmente”, son tomados como evidencias suficientes para dar por tierra con cualquier argumento oficial. En una batalla de mensajes contra mensajes, de imágenes controversiales que recorren cotidianamente los noticieros, talk shows, twitters y programas radiales. Pero ¿cuáles terminan ganando? La experiencia en el campo de la opinión pública sugiere que esa batalla es –en general- ganada por aquellos argumentos -validados o no – que permiten reforzar creencias previas. Veamos algunos datos que pueden iluminar esta cuestión: un 51,6% de los electores dice hoy que “el presidente gobierna para los ricos”; la otra mitad piensa que eso no es cierto. Una precisión: 21,5 % de esos ciudadanos afirma esa creencia en sentido fuerte (dicen estar “muy de acuerdo”). Un 30% adhiere pero de modo menos convincente.

Pero volvamos a ese 21,5% que afirma sin hesitar, que este es el gobierno que gobierna pensando en los ricos. En una democracia con signos inequívocos de fragmentación, un 21,5% de votantes es una presencia relevante en el escenario electoral. Giovanni Sartori sostenía que un partido o facción es relevante o bien por su potencial de gobierno o bien por su capacidad para influir sobre la conducta de los demás actores políticos. Cristina Kirchner satisface ese requisito: su presencia influye en la conducta de sus adversarios. Tiene incidencia también en la idea que los inversores tienen sobre la viabilidad económica a largo plazo de Argentina.

¿Ese segmento del 21,5% (mayoritariamente simpatizantes de CK) es un grupo cuya consistencia interna amerita que lo consideremos como tal? Veamos. En términos de expectativas sobre el futuro de la economía, la sociedad se divide entre quienes creen que mejorará en un año (44%), quienes creen que estará igual (14%) y quienes creen que empeorará (39%). Si analizamos esas expectativas y su conexión con el enunciado sobre el gobierno de los ricos encontramos que los pesimistas sobre el futuro de la economía trepan al 83% entre los partidarios de la tesis clasista, es algo menor entre los adherentes en sentido débil (54%) y se desmorona al 10% entre quienes la rechazan. De tal modo la influencia de nuestras creencias acerca de la política sobre las expectativas parece clara.

¿Qué consecuencias tiene todo esto pensando escenarios a corto y mediano plazo? En el núcleo duro de votantes del kirchnerismo, las personas que adhieren en sentido fuerte a la tesis clasista del “gobierno de los ricos” son más del 60% pero ese porcentaje de adhesión se derrumba fuera de ese grupo.

Esa pregunta es importante, porque en ese terreno se resuelve la suerte electoral de la ex presidenta. Analicemos, entonces, a ese grupo que adhiere débilmente a la tesis clasista (30%). Allí el kirchnerismo obtiene 34%, el massismo 24,4% e incluso Cambiemos alcanza a un 19%. Es decir, allí hay competencia electoral. El kirchnerismo gana en ese segmento, pero existen otras opciones que son también consideradas legítimas. Si el kirchnerismo finalmente retuviera uno de cada tres votantes de ese segmento rasguñaría entre 31-35% de los votos. Es decir, quedaría por debajo o cercano a la marca de Aníbal Fernández en 2015. El problema del kirchnerismo como discurso político y como proyecto de sociedad es que, fuera de ese núcleo duro donde conviven creencias muy arraigadas (“gobiernos de los ricos” y otras que perfilan un corpus ideológico consistente con el populismo) la competencia electoral parece ofrecer oportunidades acotadas para ese tipo propuesta política. Alli predomina un electorado con articulaciones más pragmáticas que ideológicas sobre la política y la conducta electoral. En cambio, tanto en el caso del massismo como en el caso de Cambiemos a sus núcleos de votantes más firmes se agrega un segundo círculo más amplio de ciudadanos que podrían votarlos aún cuando no compartan in totum o discrepen con las creencias de sus núcleos de votantes mas duros o principistas.

En un sentido, convencer a los electores de que uno de ellos es el mejor freno a la ex presidente parece ser el desafío principal. Habida cuenta de que ella ya no puede crecer mucho más allá de sus votantes fieles o sus (más bien pocos) votantes nuevos, quien logre transformarse en el muro de contención contra su regreso se beneficiará de la conducta estratégica de los votantes dispuestos a sacrificar su primera opción para impedir un “regreso de Cristina”.

Si Cristina prestó ese servicio de “simplificación política” en la edificación de la mayoría electoral que en 2015 derrotó a Daniel Scioli (o, antes, la que le permitió a M.E Vidal derrotar a A. Fernández) puede volver a hacerlo ahora. Lo que sugiere finalmente que el trabajo de sus rivales es no cometer errores forzados (de esos que envían votantes al campo contrario) ya que el resto del trabajo lo hará otro por ellos.

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