¿Enseñaron algo las PASO de agosto?. Clarín. Jueves 8 de setiembre 2019

Entre el pasado y el presente una mayoría eligió el pasado, que más allá de cualquier racionalización, percibe que fue menos agresivo.

Resulta difícil desenmarcar las señales que, con todas sus fuerzas, emanaron del último ejercicio electoral realizado por los argentinos el pasado 11 de agosto, de la espiral de decadencia económica y social que muestra Argentina desde hace tiempo.

La ciudadanía se rebeló y sancionó en las urnas los efectos del camino que eligió el Gobierno para cumplir con la promesa de terminar con la inflación, la pobreza y la ruta que llevaría al país hacia un camino de crecimiento sustentable. Fue, sin duda, un “shock de realidad” luego de haber ganado -dos años atrás- las elecciones de medio término de manera contundente. Y sobre todo, fue también un golpe duro para aquellos que en el Gobierno estaban convencidos de que era posible transitar el camino del cambio de la matriz cultural de los argentinos, en minoría.Newsletters Clarín 

Es más, se asumió que ese cambio estaba en curso, que la economía de bolsillo era importante pero que la República, la transparencia y la ética lo era más.

Tal vez el error más importante de diagnóstico fue no comprender que la transición racional tan demandada por estos días de interregno hasta las próximas elecciones de octubre no comenzó con el resultado inesperado de las PASO, sino en diciembre de 2015.

El programa monetario comprometido con el FMI como la salida de emergencia elegida ante la necesidad de recursos para hacer frente a los requerimientos fiscales del Gobierno significó una constricción monetaria con consecuencias profundas sobre la actividad económica, y obviamente sobre el conjunto de la población.

Diversos autores han intentado dar cuenta de las peculiaridades de las crisis que han afectado a diversas economías mundiales en las últimas décadas. En el caso de Argentina, todos o casi todos, coinciden en señalar que el déficit fiscal y la debilidad para generar divisas son claves para entenderlo.

Para citar sólo el último medio siglo, desde la dictadura de los ‘70 las etapas de crecimiento han sido aleatorias en nuestra historia, mientras que las recesiones han sido sistemáticas. Sólo la pobreza ha mantenido un ritmo constante de crecimiento desde esos años.

Una encuesta publicada en estos días muestra que Argentina es el país con mayor percepción de infelicidad. Solo uno de cada tres argentinos expresa sentirse feliz. Los razones son obvias: falta de trabajo y futuro.

Ahora bien, ¿fueron los resultados de las PASO lo que desencadenó la reacción negativa de “los mercados” fogoneando la crisis financiera que está atravesando el país o sólo el detonante de algo que ayudó a emerger?

Argentina lleva ocho años de estancamiento económico. Desde 2011 no genera empleo y lidera -junto con Venezuela- la inflación mas alta del mundo, inflación que se disimulaba con emisión monetaria y falta de datos. Pero el tema es mucho mas profundo .

Tenemos ciclos de crecimiento erráticos pero recesiones sistemáticas y en el último medio siglo, según contabiliza el CIPPEC, Argentina tiene el record de haber tenido 17 episodios recesivos que significaron 26 años de contracción económica en las últimas 6 décadas, record no superado por ningún otro país del mundo.

También aquí -y no sólo en el futbol-, la música o los premios Nobel somos excepcionales (¡!). Y el mecanismo disparador parece ser siempre el mismo: la falta de dólares y la necesidad de endeudamiento por el déficit fiscal, las restricciones en el mercado de crédito externo e interno por falta de credibilidad y consecuentemente la necesidad de ajuste y el estancamiento económico y social.

La tristeza, se entremezcla con la angustia de no llegar a fin de mes, por la pérdida diaria del valor del salario o de los que tienen alguna capacidad de ahorro o viven de alguna pequeña renta o jubilación o por las devaluaciones sistemáticas sobre lo único cuya tenencia otorga cierta tranquilidad, el dólar, ese bien idolatrado por los argentinos.

Llevamos años acumulando más pobres y los pobres llevan generaciones sin poder ofrecer a sus hijos otra salida que permanecer en ella sin alternativas que no sean el mundo de la marginalidad.

Ni qué decir de los sectores medios, para quienes su energía vital es depositada en cumplir sus sueños aspiracionales, vacaciones, un auto, mudar de barrio, un hijo doctor para -como decía Gino Germani lograr reconocimiento de status en esa escala ascendente que ofrecía la movilidad social, esa era la energía vital que daba vida a su existencia. Hoy, a duras penas luchan por sostener su seguro médico, la escuela privada de sus hijos, pagar la luz o aumentando el hacinamiento familiar entre otras privaciones.

El oficialismo entró en “panic attack” al descubrir que el esfuerzo en reducir el déficit, las licitaciones públicas transparentes, las exportaciones de Vaca Muerta o la modernización de la villa 31 no fueron reconocidas. La mano no fue para agradecer al Gobierno con su voto, sino para abrazar a quien podía ayudar a facilitar su partida.

Entre el pasado y el presente una mayoría eligió el pasado, que mas allá de cualquier racionalización, percibe que fue menos agresivo. El miedo al presente y su continuidad superó el miedo al pasado. Las motivaciones negativas estuvieron a la orden del día – como en muchos otros electorados del mundo- en ese momento único que ofrecen las democracias de baja intensidad para sentirse escuchado y ejercer “algún poder de decisión” sobre el futuro.

Muchos dudan de la efectividad de las últimas medidas para controlar la crisis ya que las condiciones que la generaron siguen vigentes y se potencian por la inestabilidad política que desencadenaron.

Aún entendiendo la necesidad de competir por el acceso al poder los políticos deberían comprender que la lógica del macho alfa no atrae como antaño. Que vivimos un mundo en que “lo femenino” de nuestro hemisferio derecho permite mejores condiciones para la convivencia y el diálogo en el que todos pueden ganar un poco aunque no todo lo deseado. Es factible y a la larga, mas productivo.

Sea quien sea, el próximo gobierno requerirá de una oposición dialoguista, pragmática y responsable para asegurar gobernanza.

Graciela Romer es Socióloga y consultora en Opinión Pública

https://www.clarin.com/opinion/-ensenaron-paso-agosto-_0_c_UAQQ9rA.html

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